No soy una persona que guste de las zambullidas en la playa, menos en las aguas frías del pacífico, pero siendo yo un ser espiritual en contacto con la maravillosa naturaleza, gusto de meditar ante la vista de la olas rompientes y un sol que muere en el sonoro placer de la espuma salada.
La tarde de ayer decidí visitar la playa, estaba practicamente desolada y con mucho frío, mientras caminaba pude ver a lo lejos dentro del agua unas manos que se agitaban con desesperación, corri al pequeño muelle que estaba cerca, para ver mejor.
Cuando llegué al final del muelle, alcancé a ver a pocos metros a un wey que luchaba contra las aguas agotado, acalambrado y tragando agua salada.
No supe qué hacer pero recordé que en el asiento trasero del carro que me habían prestado había visto un salvavidas, corrí rápidamente al carro y regresé con él.
Al volver le hice la señal para que se acercara lo más posible para que lo pudiera atapar, exhausto y desesperado alzó las manos y le lancé el salvavidas.
Unos segundos después se perdió ente las olas y no salió más a la superficie.
Ya no hay gente agradecida o no lo se, a lo mejor no le gustó, como sea no creo que se hubiera dado cuenta que lo recogí del tapete del carro.